Existen relaciones de todo tipo y clasificadas desde diversas perspectivas: por la formalidad, por el tiempo transcurrido, por la forma de inicio, por la personalidad de la pareja... Pero, como todo en esta vida tiene fecha de caducidad, estas llegan a tener su momento final.
Aclaro que no quiero que se crea que pienso que ninguna relación pueda llegar a algo más grande o a durar para toda la vida, sin embargo, incluso la vida tiene expiración y, quizás no muera el amor, mas muere la relación existente, o pasa a ser otro tipo de vínculo, si nos queremos poner metafórico o románticos.
Más allá del hecho de cómo empezar o cómo llevar una relación, lo que más me ha fregado en estos últimos dos años de mi vida es cómo finalizar con una, y finalizarla en serio.
Porque cuando se termina, no importa la manera, incluso no importa tanto el tiempo, te sientes mal y eso en un primer momento altera bastante al mundo en el que vives, la esfera que te rodea cambia, se pone oscura y no sabes por dónde empezar a limpiar ni de qué forma liberarte de todo ese sufrimiento. La vida se vuelve irónica, ves a tus amigas casarse, tener hijos, tener relaciones lindas con sus parejas hermosas, mientras tú estás sin saber por qué y respiras sin idea de cómo. Añadamos a eso un ingrediente final para hacer más sabroso el dolor: la opinión de los que conforman ese mundo que te rodea, los que en ese momento no sienten lo que tú sientes.
Sean los amigos, familiares o gente con la que te cruzaste y empezaste a soltar y vomitar toda esa mixtura de depresión, frustración, humillación, nostalgia, ira, rencor, pena, enojo, pesimismo, sensación de que la tierra te traga lento y de que gritas desesperadamente para que alguien te socorra y ves cómo acude nadie, todos y cada uno de ellos te da una opinión de lo que cree saber, de lo poco o mucho que su corta o vasta experiencia (o cerebro) le haya permitido conocer y comprender, incluyéndome en cierta manera. Y si tu relación duró mucho, son más cuidadosos e indulgentes; si fue corta, te dicen que hasta deberías agradecer ello, que por qué te pones mal; si el pata fue un maldito, te ayudan a odiarlo; si fue bueno, te ayudan a generar una versión ficticia de él donde cada una de sus acciones resultan las de un idiotita, lo cual a veces resulta.
Y dicen que ya pasará, que todo será mejor después, que él se arrepentirá y te buscará, que debes ser fuerte y seguir, te explican mil y un cosas... sin embargo, la única verdad es que tu remolino no tiene tiempo para esperar a que eso pase, tu alma quiere ese bienestar en ese instante y que te llame y a veces imaginas ese momento, imaginas que vuelven, imaginas que lo choteas, imaginas que le lloras, que te llora, que lloran, que ríen, que se miran... Llegas a pensar que no te busca por las muchas cosas que andan 'mal' en ti y que no eres suficiente, suficientemente linda ni inteligente... Eso es lo que a la gente le costará decirte, y si te lo dicen, no podrán hacer que creas, del todo, que también pasaron por ello, porque te sientes tan hundido que no logras entender cómo se podría salir de eso.
Y así tenemos a una persona triste llorando en el piso de su sala, una tarde después de haber regresado de sus labores. Una persona desacostumbrada de la soledad, tirada en el suelo, extendiendo los brazos, con la cara en la fría mayólica del suelo, empieza a arrastrarse por el suelo a alcanzar su celular. Todo cuesta hacer, hasta quitarse la ropa para darse un baño y ella solo piensa en por qué ha sucedido eso de hace dos días y sigue teniendo esa conversación en prioridad, por si en algún momento su foto y su mensaje vuelven a aparecer... pero ella, no puede llorar, no puede hablar, porque no entiende nada de lo que ha pasado.