sábado, 21 de marzo de 2020

Círculo

Recuerdo mi adolescencia como un período ambivalente de mucha calma o mucha algarabía, de mucho contento o mucho desconcierto...
Recuerdo mi adolescencia como un período en el que no comprendía algo tan simple como una emoción, era como si no hubiera sentido nada hasta ese momento. No quiero decir que hasta ese momento no me hubiera entristecido, enojado o puesto contenta alguna vez, pero no era seguido y no por las razones por las que la mayoría de la gente lo haría y mucho menos lo podía expresar de la misma manera.
Es una época muy distinta a la de ahora con mi ansiedad y mi pánico, mi tendencia a la sensibilidad y mis esfuerzos de cada día por superar todo ello, para luego terminar ocultando todo aquello que no supero... Como si al esconderlo fuera a desaparecer.
Ha sido muy tonto todo ello... 
Ha sido peligroso... 
Tanto acostumbra uno a ocultar que luego ya no sabe cómo demostrar, como expresar... 
Y las emociones y los sentimientos están ahí y no pueden aflorar, no pueden fluir con facilidad, y se obstaculizan entre ellos, se enredan y se amarran en el pecho y la garganta... Ya no tienes cómo soltar...
Y es como hinchar un globo hasta que en algún momento revienta, luego lo parchas como puedes (no hay de otra, no hay más), pero en vez de inflar lo hasta donde deberías y luego soltar el aire, vuelves a acumular y acumular hasta llegar al límite de nuevo...
Ya llevo haciendo eso muchos años de mi vida y creo que debo parar, debo encontrar la manera. He sido tonta y torpe, sin embargo, pensaba que era la mejor manera de cuidar mi interior: así, tratando de endurecerlo, de ponerle una coraza...
Y ahora intento salir de ese escudo que se volvió puerta con todo y casa, que yo misma hice para protegerme, la misma que ahora me bloquea y me limita. 

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